LA BICICLETA
Una misma bicicleta que pasa por diferentes manos sirve para contar tres historias que corresponden a tres etapas en la vida de las personas: la preadolescencia, la juventud y la ancianidad. La bicicleta cumple así una función similar a la figurita de
El valiente soldadito de plomo, el cuento de H. C. Andersen, pero en la película, a diferencia del cuento clásico, sus episodios no se narran de forma lineal, sino sincrónica, creando una particular ucronía. Toda la película puede verse como la historia de un solo personaje, como si uno fuera el “flash-back” o el “flash-forward” de los otros.
Los personajes se mueven en bicicleta, a contracorriente de la forma en que hoy se vive en las ciudades, donde todo parece girar alrededor del automóvil. Sus sentimientos, búsquedas y desplazamientos proyectan una luz nueva sobre un organismo mayor, la ciudad contemporánea que los comprende. De ser un simple telón de fondo, la ciudad pasa así a ser protagonista, influyendo en el destino de los personajes del mismo modo que éstos intervienen en ella.
Toda la ciudad se ordena a partir de la bicicleta, cristaliza como la solución sobresaturada alrededor del grano de sal. La bicicleta recorre las diferentes realidades urbanas de la ciudad, desde la degradación de los barrios tradicionales hasta los nuevos hitos arquitectónicos de la ciudad escenográfica y cultural, dejando testimonio de las mutaciones que están teniendo lugar en el tejido social y urbano.
La ciudad se presenta como un organismo vivo, en continua transformación. Ya lo adelantó Baudelaire: “La forma de una ciudad cambia más deprisa que el corazón de un mortal”. Entre vacío y construido, infraestructuras y ciudad, el pasado y lo nuevo, la ciudad contemporánea y la histórica, los personajes viven las contradicciones y tensiones de la regeneración urbana, prolongando un carril verde en una ciudad cuya identidad se altera continuamente.
La bicicleta, reconstruida con viejas piezas de otras bicicletas, celebra una filosofía del aprovechamiento y la reutilización frente al consumismo y el derroche energético de la sociedad actual. Por su carácter democrático, apta y asequible para todos los públicos, la bicicleta representa un mundo humilde, que no participa del altísimo precio que nos cuestan los coches: el precio medioambiental, los miles de muerto en las carreteras...
La pretendida igualdad que iba a traer el automóvil se ha revelado una falacia. Ha esclavizado a los trabajadores y se ha convertido en un desastre para el planeta. Definitivamente, Henry Ford no era un tipo de fiar. En un mundo atenazado por el efecto invernadero y las guerras por petróleo, los jóvenes se han puesto a la vanguardia de la reivindicación política a favor del uso de la bicicleta en la vía pública. Para ellos la bicicleta es un símbolo igualitario, un elemento de paz, tranquilidad y sostenibilidad, porque no genera conflictos de petróleo y satisface necesidades actuales de movilidad sin comprometer los recursos de las generaciones futuras.
En el pasado la bicicleta creó un nuevo concepto de movilidad social. Los trabajadores de las fábricas y del campo encontraron una nueva libertad de movimiento y las mujeres conquistaron unas costumbres que hasta entonces habían sido patrimonio exclusivo de los hombres. Quien sabe, quizá la bicicleta vuelva a ser protagonista de grandes cambios...
La bicicleta examina el estado de esta utopía, su capacidad de invertir el rumbo y clarificar los horizontes de futuro. Depende de nosotros que construyamos una ciudad para vivirla, y no para sufrirla.
Sigfrid Monleón